Viga y vida
Dashiell Hammett
UN HOMBRE llamado Fliteraft había salido un día de su oficina de bienes raíces en Tacoma para ir a almorzar, y nunca había regresado. Faltó a una cita para jugar al golf después de las cuatro de aquella tarde, aunque él mismo había tomado la iniciativa de concertarla sólo media hora antes de salir a almorzar. Su esposa y sus hijos nunca volvieron a verlo. Aparentemente, su esposa y él estaban en excelentes relaciones. Tenían dos hijos varones, uno de cinco años y el otro de tres. Era dueño de una casa en un suburbio de Tacoma, de un Packard nuevo y de los demás accesorios que integran una próspera vida americana.
Fliteraft había heredado setenta mil dólares de su padre, y esto, unido a sus éxitos en el negocio de bienes raíces, lo hacían poseedor de unos doscientos mil dólares en la época de su desaparición. Sus asuntos estaban en regla, aunque presentaban demasiados cabos sueltos para suponer que los había puesto en orden con el propósito de desaparecer luego. Un negocio que le hubiera aportado una ganancia atrayente, por ejemplo, debía acabarse al día siguiente del de su desaparición. Nada permitía sugerir que llevara consigo más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de su partida. Su conducta en el curso de los meses precedentes podía ser descripta tan minuciosamente que no justificaba la menor sospecha de vicios secretos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque ambos supuestos eran escasamente verosímiles. Se fue así, como un puño cuando uno abre la mano.
También los informes de las inversiones transfronterizas en las empresas, cuentas bancarias, bonos, acciones y bienes raíces. Dado que la balanza de pagos ha registrado más de un cuarto o un año, tiene la dimensión a lo largo de contabilidad del


